Resumen
La creciente tendencia a clasificar a los perpetradores de violencia política como ideológicamente "mixtos, poco claros o inestables", ejemplificada por la metáfora del "bufé de ideologías", refleja una erosión más amplia de la claridad conceptual en el estudio de la violencia política. Este comentario aborda la crítica de Horgan y Shayler (2026) al constructo del bufé de ideologías y sostiene que su diagnóstico, aunque acertado, no llega lo suficientemente lejos. Se desarrollan cuatro preocupaciones interrelacionadas. Primero, la designación de casos como ideológicamente incoherentes es con frecuencia una medida de la decreciente alfabetización ideológica del campo, más que de las creencias de los perpetradores, ya que los analistas que desconocen las genealogías intelectuales de los movimientos violentos perciben fragmentos donde existe una cosmovisión coherente. Segundo, la complejidad motivacional siempre fue la norma, y los motivos heterogéneos a nivel individual no indican ausencia ideológica, ya que los patrones de selección de objetivos continúan revelando visiones ideológicas específicas. Tercero, las ideologías evolucionan manteniendo sus principios fundamentales, y las formaciones aparentemente nuevas, incluidas el Gran Reemplazo, el aceleracionismo militante y la misoginia incel, se entienden mejor como nuevas costumbres de tradiciones más antiguas. Cuarto, la excesiva dependencia del campo respecto a los manifiestos, que son documentos performativos y curados, produce hallazgos artefactuales de incoherencia que se disuelven cuando se utiliza el corpus completo del discurso de un perpetrador. Restaurar la claridad conceptual exigirá una renovada inversión en el estudio comparativo, histórico y basado en el discurso de las ideologías violentas.Puntos clave
- El autor coincide con la crítica de Horgan y Shayler (2026) a la popular metáfora del 'bufé de ideologías', pero va más allá: el aumento de los casos catalogados como 'mixtos, poco claros o inestables' a menudo mide la limitada alfabetización ideológica de los analistas más que una incoherencia genuina en los perpetradores. Esto se ilustra con la notable variación entre el Reino Unido, donde la mayoría de las derivaciones al programa Channel se etiquetaron como mixtas o poco claras, y un programa de intervención de Toronto, donde menos del cinco por ciento de los clientes recibieron la etiqueta equivalente.
- La complejidad motivacional no es nueva: figuras como Laqueur (1999) señalaron que los terroristas generalmente 'no son las personas más profundamente convencidas de la rectitud de su causa', y el estudio de Blee (1991) sobre el Klan de la década de 1920 halló que sus miembros se unían por comunidad y estatus mientras el grupo aún perseguía un programa supremacista blanco coherente. El autor advierte contra la inferencia de una 'ausencia ideológica' a nivel del fenómeno a partir de motivos individuales heterogéneos.
- Gran parte de lo que parece una mezcla ideológica novedosa es en realidad una variación dentro de una tradición antigua, y la excesiva dependencia de los manifiestos distorsiona la base de evidencia. El autor sostiene que los manifiestos son performativos, plagiados y abarcan solo a una minoría de perpetradores, de modo que estudiar el corpus completo de la participación en línea (foros, registros de chat, memes) con frecuencia resuelve los casos 'incoherentes' en trayectorias ideológicas legibles.











